Esto hacía el PRI
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publicado: 2020-07-28 a las 04:53:54


Chihuahua, Chih., Domingo 09 de Agosto del 2020

Esto hacía el PRI

  EDGAR

Cuando finalmente logramos encontrar la Clínica "Cristina” aquella noche de Iguala, ya habíamos corrido varias cuadras cargando a Edgar que se nos desangraba gracias al balazo que había recibido en la cara. De hecho nosotros buscábamos un hospital y los balazos seguían impactando tras de nosotros, o en los coches estacionados a orillas de la Calle Juan N. Álvarez.

Algunas personas que nos veían desde sus balcones nos gritaban: "corran muchachos, ahí adelante hay un hospital privado”.

Ya dentro de la clínica las enfermeras de guardia nos dijeron que no podían atender a Edgar, pues se necesitaba de médicos especialistas. De todas maneras les pedimos nos dejaran estar ahí pues nos estaban persiguiendo los policías o los narcos. Ellas no tuvieron más opción, pues éramos 27 y realmente ya estábamos dentro. Sacarnos habría sido imposible para ellas.

Junto a algunos compañeros me subí hasta la azotea de la clínica con el fin de ver los alrededores y cerciorarme si continuaban buscándonos.

Llovía fuerte para esa hora, que sería entre la media noche y la una de la madrugada del día 27. Decidí escalar un poco más, hasta dónde estaban los tinacos. Desde ahí pude ver cómo llegaban dos camionetas tipo Pik Up del ejército, se bajaban a toda prisa y entraban a la Clínica.

Rápidamente bajamos. Aunque no sabíamos bien cómo actuar. En parte pensábamos que nos ayudarían, que les podíamos decir lo que estaba pasando y estaríamos seguros con ellos ahí; pero también un compañero (Buki) manifestó: "nos van a hacer lo mismo que en Tlatlaya”. "No digas mamadas” –le respondí-. Y así bajamos un piso. Ahí ya andaban los militares obligando al resto a bajar. Nos apuntaban con sus rifles y nos gritaban que nos diéramos prisa.

David –el entonces secretario general de Ayotzinapa– preguntó "qué hacemos?”, respondimos que debíamos identificarnos. Así lo hicimos. Dijo al militar a cargo: "jefe somos estudiantes de Ayotzinapa y la policía nos atacó a balazos”. A lo que el militar respondió: "cállense, bien merecido lo tienen por revoltosos”.

Luego nos sometieron, nos quitaron los celulares y los pusieron en el mostrador de la clínica. Y cada llamada que entraba de inmediato un soldado tomaba el teléfono en cuestión y preguntaba de quién era. Una vez identificado el dueño el soldado le ordenaba: "contesta, di que estás bien y que llamarás en 5 minutos”.

Al mismo tiempo el militar a cargo ordenaba a unos de sus soldados tomarnos nuestros datos. "Quiero que me den sus nombres y apellidos” –dijo en voz alta–. "Aaaaah –prosiguió– y denme sus nombres reales, porque si me dan un nombre falso, nunca los van a encontrar”.

Edgar –que llevaba la mandíbula superior rota por el balazo– estaba sentado en un sillón y se le notaba muy desesperado. Pedimos entonces a los militares llamar a una ambulancia. Entonces el militar a cargo ordenó a un soldado fotografiarnos a todos, y en lo que respecta a Edgar dijo: "a este tómale una fotografía de cerca, para que la ambulancia le vaya tanteando a lo que viene”. Y sin embargo su ambulancia nunca llegó...

Fue así que Edgar se levantó y trató de caminar hacia la puerta de la clínica. Enseguida lo acompañé. Quería respirar aire fresco del exterior, pues por su herida y el calor provocado por el encierro de todos se asfixiaba. De igual forma la sangre que vertía estaba ya coagulada y se la sacaba con la mano y mi playera.

Al aproximarnos a la puerta el militar apostado ahí de inmediato lo encañonó en el pecho y le ordenó regresar al sillón. Entonces le dije: "oye cabrón, ¿qué no ves su situación? No va a correr, solo necesita respirar”. "Al sillón les dije” profirió.

Después de eso algo pasó afuera –no alcancé a ver ni escuchar–, pero el militar a cargo salió hacia la camioneta y al parecer recibió una llamada con nuevas órdenes. Esto porque en cuanto entró a la clínica nuevamente su actitud había cambiado por completo. Ordenó a sus militares la retirada y nos dijo: "discúlpennos jóvenes, es que a nosotros nos reportaron que estaban allanando morada y pues como nunca se sabe a quién te vas a encontrar debemos entrar con toda la fuerza”.

Una vez que sus soldados se salieron, el encargado los siguió, no sin antes pararse en la puerta, voltear hacia nosotros y sentenciar: "ya nos vamos, pero ahorita les echamos a los municipales”.

Lo que siguió es que la mayoría de nosotros se fue, solo se quedó Edgar, un profesor y yo esperando que un taxista amigo del profesor fuera por nosotros y trasladar a Edgar al hospital.

En tanto no llegaba el taxi Edgar ya se debilitaba cada vez más. Entonces tomó su teléfono y buscó el contacto de su papá. A señas y escribiendo en un periódico que estaba sobre el mostrador me pidió marcarle. Así que yo, a esa hora de la noche y bajo esa situación tuve que marcarle a don Nicolas. Al primer intento nadie respondió. Sin embargo al segundo escuché la voz de un señor, era su padre. Le expliqué rápidamente la situación y que su hijo estaba herido; que por favor le diera ánimo al teléfono, pues por la herida no podía hablar; que pronto llegaría un taxi por nosotros.

Fue así que gracias a las palabras de su padre y su mamá, Edgar recobró las fuerzas, el taxi llegó y pudimos llevarlo al hospital... la noche de Iguala casi había terminado para nosotros.

PD. Quienes sobrevivimos no fue solo porque corrimos. En el transcurso de la huida ayudamos a nuestros compañeros heridos, los cuidamos ya en el hospital. Otros más los mantuvimos escondidos toda la noche. Nos cuidamos entre todos, como pudimos. No fue suficiente, no. Nunca lo será.

Nos faltan 43, 46, 50... miles más.

 

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